Un viaje por el brillo y las sombras del progreso, donde la innovación avanza a gran velocidad mientras la realidad social permanece dividida entre quienes pueden alcanzarla y quienes solo la observan desde lejos.
Por Claudia Benítez
HoyLunes – Vivimos una época en la que la humanidad ha presenciado avances médicos y tecnológicos sin precedentes. La ciencia parece rozar lo imposible. Hemos aprendido a leer el lenguaje íntimo de los genes, a entrenar máquinas para que detecten enfermedades con una precisión que antes solo imaginábamos y a tejer redes globales que nos conectan en un abrir y cerrar de ojos. Las vacunas nacen en meses, los diagnósticos viajan a la velocidad de un clic y la tecnología promete, cada día, un mundo más sano, más justo, más inteligente, ampliando el acceso al conocimiento y mejorando nuestra calidad de vida.

Pero mientras esas luces brillan con intensidad creciente, vastas regiones del planeta permanecen en penumbra. Millones de personas continúan atrapadas en la pobreza extrema, ajenas a los avances que transforman la vida de otros. Para quienes carecen de agua potable, atención médica elemental o educación básica, los milagros tecnológicos no son más que rumores, ecos de un presente que todavía no llega.
La tecnología, esa doble llama, ilumina y quema a la vez. Si por un lado abre puertas al conocimiento y multiplica oportunidades, por otro puede levantar muros invisibles. ¿De qué sirve un océano de información si faltan los dispositivos para navegarlo? ¿Qué esperanza trae la inteligencia artificial si la alfabetización digital sigue siendo un privilegio? En esta paradoja se revela una herida profunda: el progreso no siempre avanza al ritmo de la equidad. Cada avance nos enfrenta a sus ventajas y desventajas, a menudo empezamos a estigmatizar o idolatrar lo que no entendemos.

Las causas de esta brecha son tan antiguas como persistentes. La inequidad en la distribución de los recursos, la fragilidad de los sistemas públicos de salud y los intereses económicos que moldean lo que se investiga y para quien lo construyen, crean un paisaje desigual donde la innovación no siempre encuentra suelo fértil.
Sin embargo, no todo es sombra. En los últimos años, proyectos de telemedicina han llevado atención especializada a aldeas distantes; tecnologías de bajo costo han permitido diagnósticos antes impensables y movimientos por el acceso abierto a medicamentos han demostrado que el conocimiento puede ser un bien compartido.

La responsabilidad de cerrar esta brecha recae en la sociedad porque cada uno de nosotros formamos los gobiernos, las instituciones científicas, las empresas tecnológicas, todas las instituciones que parecen abstractas están constituidas por personas y somos nosotros los que determinamos sus acciones.
Porque el progreso —el verdadero— no se mide por la sofisticación de las herramientas que inventamos, sino por la capacidad de nuestras acciones para tocar vidas, aliviar dolores y abrir caminos donde antes no los había. Solo cuando la ciencia y la tecnología logren abrazar también a los más vulnerables, podremos decir que avanzamos juntos hacia un futuro más digno y más humano.

#hoylunes, #claudia_benitez,






Es así … o vamos juntos en la Isma dirección . O no conseguiremos nada … siempre que dejemos gente atrás , entone no llegaremos a ninguna parte